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TRUMP Y LOS HISPANOS, UNA CONSIDERACIÓN CONSTITUCIONAL

El eventual triunfo de Donald Trump amenaza a Mexicanos, Musulmanes, Judíos y Afrodescendientes. Sin embargo, nadie podrá crear o implementar leyes que limiten los privilegios o inmunidades que les otorga a los ciudadanos la Constitución. Ni siquiera el Presidente de los Estados Unidos.

 “Toda persona nacida o naturalizada en los Estados Unidos, y sujeta a su jurisdicción, es ciudadana de los Estados Unidos y del Estado en que resida. Ningún Estado podrá crear o implementar leyes que limiten los privilegios o inmunidades de los ciudadanos de los Estados Unidos” Constitución de los Estados Unidos de América XIV Enmienda (9 de julio de 1868) Sección 1

Es evidente que detrás del éxito mediático (y posiblemente electoral) de Donald Trump hay una percepción social sobre lo hispano y de lo mexicano , que hace que su discurso segregacionista encuentre resonancia entre una importante fracción de la población de los Estados Unidos de América.
Llama la atención que no han sido únicamente los conceptos vertidos por Trump, en contra de los latinos y los mexicanos, lo que le ha ganado tantos adeptos; sino sobre todo, las actitudes insolentes, vociferantes, retadoras y de desprecio institucional, que generosamente prodiga en cada una de las estaciones de su campaña electoral.

Sin embargo, detrás del personaje de reality show y de la coyuntura electoral, hay datos demográficos que me orientan sobre algunas de las posibles causas por las que las insultantes diatribas de Trump mueven las fibras sensibles de sus seguidores.

Con base en las cifras del Censo del 2010 en los Estados Unidos de América, se conoció que entre los años 2000 y 2010, la población de origen hispano que vivía en los Estados Unidos pasó de 35 a 50.5 millones de personas. Eso equivale a un crecimiento del 43%. Ese incremento de 14.3 millones de latinos, equivale a más de la mitad del crecimiento total de la población de los EUA en el mismo período (27.3 millones) e implica una velocidad de crecimiento cuatro veces mayor que la del resto de la población.

Con base en esas cifras del 2010, la oficina del Censo de EUA ha proyectado que para el año 2060 los hispanos/latinos alcanzarán los 128 millones de personas y representarán algo así como el 33% del total de la población de la Nación Estadounidense. Para ese mismo año, esa oficina proyectó que los afrodescendientes representarán el 14.7% y los asiáticos el 8.2%.

En ese orden de ideas, se estima que habrá un punto de quiebre en el año 2043, año en el que ya ninguno de los grupos definidos por origen o raza tendrá la mayoría absoluta. Si bien en el 2043 el grupo blanco, de origen no hispano, será la primera minoría en los Estados Unidos; será el grupo hispano/latino el que tendrá el segundo lugar, muy por encima de la población afrodescendiente y asiática.

Vale la pena mencionar que dentro del grupo de población hispano/latino, las personas de origen mexicano sumaron 20.5 millones, con un crecimiento entre los años 2000 y el 2010 de 11.2 millones, equivalente a un incremento del 54% en tan solo 10 años.

Una apabullante consecuencia que se desprenden de esa proyección es que a partir de la década de 2040 y seguramente durante varias décadas más, los Estados Unidos serán el primer país hablante de español en el mundo, seguido inmediatamente de México.

Por otra parte, siempre siguiendo la información pública de la Oficina del Censo de los Estados Unidos de América, el 77% de la población de origen hispano/latino se localiza en el Oeste (41%) y Centro Sur (36%) de los Estados Unidos. Es decir, en estados como California, Nuevo México o Texas.

Sin demérito de lo anterior, es de hacerse notar que los hispanos/latinos crecieron a un ritmo 4 veces mayor en el Sur. En el Medio Oeste, el incremento fue de 120% más rápido que el resto de EUA. Eso quiere decir que en términos numéricos, en tan solo esos diez años, la población hispana/latina en el Sur y Medio Oeste de los EUA, creció un 57% y 49% respectivamente.

Es así que en el año 2010, numerosas ciudades contaban con una población de origen hispano/latino equivalente a más del 90% de su población. Algunos ejemplos son: East Los Ángeles, CA (97%); Laredo, TX (95%); o Hialeah, FL (94.7%).
Aún más, algunas de las ciudades de los EUA en donde hay el mayor número de personas de origen latino/hispano son Nueva York (2.3 millones/28%), Los Ángeles (1.8 millones, 48%) o Chicago (778 mil, 28%).

Por otra parte, desde una perspectiva económica, la empresa Nielsen ha publicado un estudio en el que estimó que el poder adquisitivo de los hispanos/latinos crecería en un 50%, pasando de de 1 a 1.5 billones de dólares entre los años 2010 y 2015.
Es tan importante el cambio que se ha dado en los últimos quince años, en la composición de la población, que hay estados como Nuevo México, en donde el 40% del poder de compra está en manos de latinos.

A partir de las anteriores cifras, me es posible suponer que el crecimiento súbito de la población hispana en estados con alta influencia económica; y, al mismo tiempo, en estados en lo que los conflictos raciales y por los derechos civiles han tenido momentos definitivos; puede ser una explicación (que no justificación) de la aparición de miedos irracionales y muy profundos, en contra de las personas de origen hispano/latino/mexicano, entre la población en general.

Un dato para mi relevante es que el 88% de la población hispana/latina se autodefine como blanca o de alguna otra raza distinta a la negra, asiática o nativa americana; con lo cual, se hace menos identificable entre los distintos grupos de población. De alguna manera, a nivel percepción generalizada, ese grupo es una amenaza que es difícil de singularizar y confrontar.
Si a esa presencia súbita del distinto, que habla un idioma diferente y que es difícil de identificar, le sumamos el hecho de un incremento anual del 10% en su poder adquisitivo, podemos imaginar que estén dadas las condiciones que facilitan una manipulación de emociones básicas, a partir de la distinción amigo/enemigo, para provocar cohesión en torno a visiones conservadoras y, donde las acciones para el mantenimiento del status quo, son muy bien recibidas.

Si a lo anterior le adicionamos la circunstancia de que quien es el vocero de esas pulsiones conservadoras lo hace con un estilo vociferante, grosero, machista y retante hacia las instituciones que son actualmente conducidas por el Partido Demócrata, podemos adivinar que esté servido un cocktail explosivo.

Habiendo vivido en los Estados Unidos de América, no me extraña la sensación liberadora que puede producir un discurso como el de Trump, entre una población que –a partir del 9/11– ha desarrollado un miedo patológico frente al otro y que vive con la convicción de que está siendo permanentemente vigilada por las autoridades religiosa, militar y policiaca.
Al final, es claro que Donald Trump ha logrado imbuir la ignorante convicción de que el proceso electoral en el que participa, es un concurso de televisión en el que el equipo ganador se llevará como premio la Presidencia de los Estados Unidos; y que, una vez alcanzada, podrán hacer con ella lo que él y sus compañeros quieran.

Sin embargo, hay un dato que transforma en algo muy sorprendente el radical discurso de Donald Trump, y es el de que el 75.8% de la población que se ha definido como Hispana/Latina en el Censo 2010, ha nacido (64.3%) o es naturalizado (11%). Es decir, son ciudadanos de los Estados Unidos de América, en pleno goce de los derechos que les otorga la Constitución.
Eso no necesariamente significa que el restante 24% de la población Latina que no es ciudadana de los EUA, radique de manera ilegal en los Estados Unidos, ya que puede tener su domicilio allá bajo muchas modalidades de estancia legal, por causa de trabajo, estudios o negocios. Si bien no necesariamente son ciudadanos, tampoco tienen que ser ilegales; eso sí, siempre serán personas, amparadas por los tratados de derechos humanos en los que EUA participa.
Al respecto cabe resaltar que el 80% de la población Hispana en EUA llegó allá entre 1980 y el 2009, ya que a partir del 2010 se observó una reducción de hasta el 50% en el flujo migratorio de los hispanos hacia los Estados Unidos.

En ese orden de ideas, el eventual triunfo de Donald Trump no solo representa una amenaza para los mexicanos, los Musulmanes, los Judíos o los Afrodescendientes que han sido objeto de sus ácidas diatribas; sino, primordialmente, en contra de los hasta 33 millones de Norteamericanos que se reconocen a sí mismos como portadores de los valores culturales de identidad de origen latino o hispano, pero que son ciudadanos plenos de los EUA.

Al respecto, vale la pena recordarle al Sr. Trump que, más allá de sus millones y de su capacidad de impertinencia, la XIV enmienda a la Constitución de los Estados Unidos de América, garantiza el reconocimiento de ciudadanía a toda persona nacida o naturalizada en los Estados Unidos. En consecuencia, nadie podrá crear o implementar leyes que limiten los privilegios o inmunidades que les otorga a los ciudadanos la Constitución. Ni siquiera el Presidente de los Estados Unidos y mucho menos sus seguidores, aunque así lo haga parecer el reality show.
Lo anterior, le está garantizado a los ciudadanos de los estados Unidos de América, con independencia de que cada quien se reconozca de una raza o de un origen étnico distinto al del candidato ganador o de sus seguidores. Es un derecho constitucional garantizado por el poder judicial federal.

Es decir que, de continuar Trump con sus diatribas y amenazas, estaría corriendo el riesgo inminente de ser enérgicamente llamado a cuentas por la Corte Suprema de Justicia de los Estados Unidos de América, por violaciones a la Constitución.


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