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En el Munae, Isidoro Ocampo, grabador metafórico de la miseria

En la muestra predominan temas que el pintor trabajó de 1929 a 1982, como la pobreza, la denuncia de las clases marginadas y la indigencia.

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Vía:www.jornada.unam.mx

El coleccionista Ernesto Arnoux “se enamoró” de la obra del pintor, dibujante y, ante todo, grabador, Isidoro Ocampo (1910-1983), lo que lo motivó a buscar y adquirir su obra dispersa. Gracias a eso fue posible realizar Isidoro Ocampo, artista y testigo del México posrevolucionario: colección Ernesto Arnoux, exposición de más de 200 piezas con permanencia hasta el 7 de junio en el Museo Nacional de la Estampa (Munae), ubicado en avenida Hidalgo 39, Centro.

La muestra salda una deuda con Ocampo, originario de Xalapa, Veracruz, ya que hace un lustro todo estaba preparado para celebrar el centenario de su nacimiento; sin embargo, las inundaciones que sufrió la entidad truncaron la iniciativa.

Al no haber un lugar específico para exhibirse en la ciudad de México se quedó como un proyecto “guardado y a la espera”, expresa Laura González Matute, curadora de la exposición del Munae que para principios de julio se trasladará al Instituto Veracruzano de la Cultura.

Artista y testigo… está organizada por los temas que Ocampo trabajó de 1929 a 1982. La investigadora del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información del Instituto Nacional de Bellas Artes explica que Arnoux tenía la obra“apilada”, entonces, se procedió a revisarla y captar el estilo, la preocupación y proyección artística de Ocampo. De inmediato se hizo evidente “la denuncia de las clases marginadas, de los desposeídos, sobre todo de los indigentes”, pero también su interés por los tipos populares.

Contrario a la Escuela Mexicana, aquí no se maneja una imagen icónica de nadie. La obra de Ocampo es “más expresionista, más realista”, y adentra al visitante en “este México profundo, con tantas carencias”, explica González Matute.

En esta “metáfora de la pobreza”, el artista suele mostrar a los indigentes de espaldas, con una parte de la osamenta al descubierto, en referencia a la hambruna y la muerte que se avecina.

La obra de Ocampo adentra al visitante en “este México profundo, con tantas carencias”, explica la curadora Laura González Matute

El rostro siempre es el de un hombre pobre, famélico, mal vestido, con la mirada dura. En la denuncia también hay ironía. Ocampo maneja más bien la estética del feísmo y sus mujeres no escapan de eso. Tristes, acabadas, “siempre hay algo burdo al igual que José Clemente Orozco”, a quien conoció y cuya presencia se siente en una que otra obra.

Las mejores vestidas son las prostitutas de Hay a todas horas, o la mandamás de La señora y la “gata”.En Mujer (1958), lápiz graso sobre papel, cuya doliente cubre su cara con su mano derecho, Ocampo rinde homenaje a Tata Jesucristo (1927), cuadro de Francisco Goitia.

Si en la planta alta del Munae se exhibe el trabajo más personal del expositor, en la planta baja se da una idea de su faceta política como miembro de la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios y del Taller de Gráfica Popular. Hay un pequeño núcleo dedicado a las artes del libro; ilustró alrededor de 28. En las salas restantes se exhibe obra referente a temas diversos, como los minotauros, o la ciudad de México de los años 30 del siglo pasado, cuyos protagonistas son los coches.

La exposición termina con varios dibujos de la serie Críticos de arte, y una curiosa obra de índole vanguardista, en la que “critica al que pinta para ganar dinero”.

No se sabe mucho sobre la vida de Ocampo, quien llegó a la ciudad de México a los seis años y a los 18 se inscribió en las clases nocturnas de la Academia de San Carlos. Estudió grabado en sus diferentes procedimientos con Francisco Díaz de León y Carlos Alvarado Lang. Se sabe que murió en condiciones dramáticas.


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